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El futuro del libro y Gregorio Samsa

Un ensayo de bienvenida para quienes llegan a Editorial Interpec: una pausa para leer, pensar y entrar al mundo del libro como resistencia, memoria, creación y porvenir.

Hay textos que no solo se leen: reciben, acompañan y abren la puerta. Este ensayo quiere hacer justamente eso.

«Este ensayo sobre el futuro del libro muestra la necesidad de una editorial en resistencia. Su autor invita, sin retraer tinta ni sangre, a escribir y mostrar nuestra creatividad, quiere que regresemos a la idea de ser nuestro propio Dios, quiere que sea escrita nuestra propia historia, que diseñemos un mundo a la altura de un nosotros. Con mitos, utopías, rompiendo el eterno presente, apreciando el eterno retorno. Dios no ha muerto, regresó a ser un nosotros, aparentando ser la ciencia.»

¡Ven! Mojate los pies en el río que nunca se seca. Deja tu huella en las páginas que están esperando nombres sin nombre. Ven a la Editorial Interpec —donde la palabra explota y se convierte en trueno, en silencio sellado, las letras salpican hasta los libros abiertos como heridas que sanan al sol, siendo frontera entre lo dicho y lo que está por decirse. Se desvanece como humo fundido en la madrugada develada.

No hay negocio con las palabras. Estamos para parir con ellas. Para dejarlas vivir.

En la red histórica instrumental, la industria editorial en resistencia, donde Interpec teje sus páginas con el tiempo, vamos navegando sobre estos mares de sal y aquellos de miel. El comercio global azota los limos y arranca las raíces de la tierra, cual tromba que ignora el vacío, pero el libro brilla hasta hoy desde aquel día que fue el faro que guio a Odiseo por aguas desconocidas. Es el refugio que fue hogar para Dante en el infierno, que albergó sabios persas tallados en arcilla, el que guardó cantos náhuatl en el corazón de la piedra. Hoy, se estira, alzando el puño contra el olvido para darnos cuenta, que todos los libros llevan dentro la memoria de quienes los escribieron.

La palabra en sus páginas es semilla hendiendo roca, espina tejida en cactus, ceniza sagrada sobre carne. Las estrategias del mercado se han tejido como telarañas de plata en cada rincón del mundo. La editorial baila con ellas como una serpiente con el movimiento del viento. El libro se abre en flor para despertar en medio del desierto. Las dunas son espacios donde los valores se construyen como ciudades de piedra, para que la persona se forme como un guerrillero con su arma, dando albergue al pensamiento crítico que se alimente, siendo parte, en manada, de los lobos tragándose la luna llena.

No se trata de escaparle al mercado, se trata de hacer que el mercado lea. La palabra aquí deja de ser adorno —es una hacha rasgando al aire, aguja obrera que teje en piel, eco interminable en la garganta, esperando salir hasta que el mundo tiemble. La especialización llega convertida, casi en niebla, a las montañas más altas, comparándose al rocío, a las hojas de teocintle. Montaigne la buscó desde su torre de libros, della Mirandola la sembró en sus páginas sobre la mujer que no deja nombrarse hombre. Ahora se hace camino en la selva del conocimiento —corta senderos en su camino hacia la profundidad, corre hacia los espacios privados donde nadie más cabe. Hasta que en la universidad emerge calor venido del fuego donde todos se hierven: gritando para abrir El Quijote y quejarse de que al mundo no fue invitado, el mundo tiembla un poco y también grita, abraza, cínico, la frase altanera del bien común —»ladran Sancho, señal de que cabalgamos»—, la frase dura 300 años y cabe, en menos de 10 palabras.

El conocimiento no se guarda en cajas. Se comparte en fuegos. Las ideas aquí prefieren disolverse antes que esperar a ser cogidas —saben que son jaguar que salta al cuello en la noche, lluvia ácida que acaricia la tierra virgen. Hemos pensado tanto en el futuro que imaginamos desde hace décadas: robots que hablan, ciudades en el cielo, automatización que hace todo por nosotros. Ese futuro que los libros de ciencia ficción dibujaron con tinta y sueños —hacia allá vamos, lo estamos construyendo día a día.

Pero… ¿quién ha pensado en el futuro después de ese futuro?

Sartre escribió que «el existencialismo es un humanismo» —y quizá Kafka, al imaginar a Gregorio Samsa transformado en cucaracha, pensó que esa criatura resistente también era un libro, también era un humanismo. ¿Qué vendrá cuando la automatización ya no sea novedad, cuando los robots ya no sorprendan, cuando el mundo tecnológico haya llegado a su límite? Dicen que las cucarachas sobrevivirán a cualquier desastre, a cualquier guerra, a cualquier destrozo del mundo. ¿Será que el libro también lleva esa sangre resistente, esa forma de ser humano aún cuando todo lo humano parezca haber desaparecido? Habrá habido, por lo menos, la experiencia de que un día fuimos cucarachas. Gracias, Kafka.

Hoy el libro vive en dos cuerpos: uno de papel y tinta, que tocamos como la piel de quien amamos, sentimos su peso como un hijo en los brazos, olemos su aroma como la tierra antes de la siembra. El otro, de luz y código, que viaja por los cables como un jaguar por la noche, que aparece en las pantallas como una estrella en el cielo vacío. Octavio Paz habló de la palabra como puente —aquí el puente se extiende hasta lo infinito como la fuente inagotable de Piedra de Sol.

El formato cambia. La esencia no. La virtualidad avanza sobre el mar, sobre la playa entera, cubre todo con un manto de silencio y ruido blanco a la vez. Los libros de papel se convierten en reliquias que laten como corazones de piedra, esperan ser encontrados por quienes buscan lo que no se puede descargar. ¿Qué pasará cuando los autos vuelen como águilas despiertas, cuando las ciudades floten sin respeto a las nubes de tormenta, cuando las bibliotecas se hundan con los barcos de madera en el mar profundo? Pero pensar solo en el futuro del futuro suena a derrota —como si esperásemos, sin esperanza, a que alguien susurre al oído que por fin el pasado se extinguió dando paso al libro especulativo.

No debemos esperar. El futuro está aquí, en el presente que construimos. Gog soñó con libros de metal, hechos para resistir como los dioses al tiempo. Borges escribió La Lógica de Dios —en sus páginas la eternidad se hace pequeña como una semilla. El libro no es ni papel ni código —es la voz que sigue hablando aunque quien la dijo ya no esté, la sombra que queda aunque el sol se haya puesto. La palabra aquí se clava en la conciencia como una estaca en la tierra, se transmite a las plantas como veneno en la savia, se eleva al aire como humo de sacrificio en templos de piedra. Se postrará en el lenguaje que hablamos, en los cuentos que contamos alrededor del fuego, en la manera en que miramos al cielo y nombramos las estrellas. Trasciende el pasado que fue, el futuro inmediato que vivimos y el que vendrá después —pero nunca pierde la esperanza, porque el futuro no está solo en lo que vendrá: está aquí, en cada palabra que escribimos, en cada página que abrimos, se parece al pasado, pero conjugado en futuro.

El libro físico se aferra a la tierra de aquel limo que padece sus raíces —casi es viejo, pero necesario como el aire que respiramos. Es refugio para quienes buscan sentir lo real, para quienes quieren que la palabra les toque la cara con la mano del viento. El libro virtual viaja con las aguas del río hasta el mar —lleva la palabra a donde el pie no puede pisar, donde el ojo no puede ver. Y entre todos estos hallazgos metafóricos. Y entre todos estas blasfemias metonímicas, en medio, prudente, resiste el libro.

El Che Guevara llevó sus libros por caminos de tierra —ahora los libros viajan por caminos de luz. La estructura del libro cambia como la forma del agua, se mueve como las olas del mar, habla como los pájaros en la mañana. Pero su esencia es la misma: el lugar donde lo humano se encuentra con lo que es, con la pregunta de Sócrates en los mercados de Atenas, donde decide ser lo que quiere ser como el poeta que nombra el mundo. La palabra aquí no se explica —estalla como dinamita en la oscuridad, germina como semilla en el hielo, arde como leña en el hogar de los hombres.

El libro es la sangre que corre por las venas de nuestra cultura, la columna que sostiene lo que somos. Incluso cuando volemos por el aire, incluso cuando las bibliotecas vivan en el cielo o bajo la tierra como tesoros guardados, la idea del libro seguirá latiendo como un tambor en la noche.

Porque la Pampedia dice que no hay futuro sin palabras que le recuerden el pasado. La palabra es una bomba que se activa cuando menos se espera —en ese instante arranca del suelo como un terremoto, deja sin aliento como un desahogo, llena como el mar, llena el vaso del mundo. Como nuestra cucaracha humanista que encuentra su camino en cualquier andar, el libro encontrará dónde albergarse —en el lenguaje que nos hace humanos, en la experiencia que nos hace parte del mundo. Ese futuro del futuro que temíamos o esperábamos no necesita de nuestra espera: está aquí, seguirá aquí, aun si el mundo desapareciera.

Así te invitamos a Editorial Interpec: editorial literaria, especializada en ciencias sociales y humanidades, abierta al arte como la flor al sol, a la estética como el río al mar, a la literatura como el cielo a las estrellas, a la creatividad como la tierra a la siembra. Ven a nombrar el mundo de una manera distinta —ven a especializarte, sí, pero también a crear, a dejar que tu palabra explote como dinamita en el silencio, como semilla en la tierra, como fuego en la oscuridad. Ven a donde La Lógica de Dios se encuentra con los cantos náhuatl, donde Cervantes se encuentra con Borges, donde Sartre se encuentra con Kafka, donde el libro es un río que no cesa de correr —y te espera para cruzarlo como un hombre o la mujer que cruza el desierto con la boca seca y el alma sedienta.

El río ya no es el mismo, pertenece al cambio, a la palabra.

JDDER.

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